6 de agosto de 2010

Pueblos indígenas, ideologías multiculturales y sus usos

Por Mario Sosa
Guatemala, 30 de enero de 2008

El 20 de noviembre de 2007, en la sede de FLACSO-Guatemala, tuve el honor de compartir una ponencia en la presentación de la investigación “Mayanización y vida cotidiana. La ideología multicultural en la sociedad Guatemalteca”, coordinado por Santiago Bastos y Aura Cumes. Antes que referirme a dicha investigación, con Santiago convenimos que mi intervención estaría referida al tema en cuestión: la ideología multicultural. Son precisamente dichos análisis los que –con algunas ampliaciones y precisiones- comparto a través de la Revista Albedrío.

Partamos de constatar: somos una nación multicultural y multiétnica, realidad que en el transcurso de nuestra historia se ha manifestado como contradicción en el ámbito de la sociedad y del Estado. Sin embargo, como afirman Bastos y Cumes, refiriéndose a la dominación étnica, esta “no es la única base de exclusión y desigualdad, y suele actuar de forma conjunta con otras, como la de clase. Por un lado refuerza desigualdades de otro tipo, como cuando se vive la diferencia de clase como si fuera la diferencia étnica (“los ladinos son los ricos, los indígenas somos pobres”) y por otro lado, crea un tipo de desigualdad específica: la racista (“soy pobre pero no soy indio”).” [1]

La contradicción étnica está dada en el ámbito de las relaciones sociales -individual y colectivamente consideradas- y es interpretada de diferenciadas maneras. En efecto, una de sus interpretaciones, aquella que se articula a la ideología del poder históricamente establecido en nuestro país, ha visto en el indígena la causa del atraso nacional, visión por demás racista y ahistórica. Como tal dicho discurso constituye un constructo en el que se atribuye al explotado y oprimido las causas de los problemas, ocultando el papel que juega no solamente el sistema en su conjunto, sino también la responsabilidad histórica de quienes desde el poder económico y político se benefician de dicha explotación y opresión. Oculta además cómo se utiliza la diferencia para sostener y justificar dicho sistema, en donde –sin duda- la población indígena, las comunidades y los pueblos indígenas han sido objeto, además, de discriminación y racismo, de expoliación y de políticas segregacionistas y asimilacionistas, etnocidas y etnofágicas[2] por parte de las clases dominantes, de las fuerzas económicas y políticas transnacionales y del Estado. Constatar esto es esencial, entonces, para observar, interpretar y transformar lo que requiera ser transformado de la nación y el Estado, marco en el cual pretenderé hacer una aproximación a la ideología multicultural en cuestión.
La transformación de la nación y el Estado y el sistema de opresión étnica en específico, esta mediada por la ideología de los sujetos sociopolíticos, en este caso particular que aquí se trata, de los sujetos étnicos, de la identidad e ideología multicultural que porten y de sus consiguientes implicaciones para la acción política transformadora o reproductora que impulsen.

En particular, la ideología multicultural, referida a la diversidad y la diferencia cultural, al carácter de las relaciones étnicas y la organización del sistema que de ahí emanan o que desde ahí son justificadas, nos hace referencia a una generalidad que el estudio sobre Mayanización y Vida Cotidiana, creo, logra superar a partir de los estudios de caso y los ensayos particulares contenidos en los tres volúmenes que lo integran. Para ser precisos, desde mi perspectiva y desde lo recuperado en el estudio antes referido, debemos hablar de ideologías que contienen elementos relativos a la realidad multicultural en particular y a ideologías multiculturales en donde la referencia a la etnicidad y la identidad étnica o cultural adquieren o pueden adquirir un lugar secundario, principal o absoluto. En ese sentido, las posibilidades para la transformación del sistema de opresión, discriminación y racismo, vienen dadas por el carácter de la ideología multicultural o –mejor dicho, de las ideologías multiculturales.

Indudablemente, no podemos hablar de una validez o una verdad definitiva, sobretodo cuando partimos de una definición tan amplia de ideología multicultural. Por eso, más que hacer un análisis de sus diferencias, me atreveré a hacer una aproximación problemática de algunas de sus implicaciones cuando la cultura se politiza, crea sentido, sensibilidades, genera discursos, prácticas y estrategias políticas en los actores, actores que son parte –por cierto- de clases sociales. En ese sentido, no debemos descuidar cómo la referencia a la diversidad y diferencia cultural –y agregaría étnica para recuperar sus contenidos económicos, sociales y políticos- se convierte en parte de estrategias explícitas o implícitas, conscientes o inconscientes, de segmentos sociales cuya característica es la de pertenecer a determinada clase social y, para ser más precisos, de segmentos sociales que se ubican en relaciones y procesos particulares de clase social y de relación desde, con y para el poder. Habrá entonces, ideologías multiculturales que se ubican –independientemente de nuestra conciencia- como parte de la hegemonía dominante y ligada al poder establecido, o tendrán un carácter contra hegemónico y encaminadas al real empoderamiento y apoderamiento de los sujetos étnicos oprimidos.

Ideología multicultural y hegemonía

Bien se afirma en la introducción de la investigación Mayanización y vida cotidiana. La ideología multicultural en la sociedad Guatemalteca, que la dominación étnica se da “cuando las diferencias de origen son utilizadas para construir y justificar las desigualdades sociales, políticas o de cualquier otro orden que existen en una sociedad, cuando se hace suponer que los elementos que diferencian a los grupos son causantes de las desigualdades entre ellos…”[3]. Pero es necesario decir que la dominación en sus implicaciones ideológicas se da por caminos y lógicas a veces ocultas, una de las cuales es la utilización de la ideología multicultural por parte del poder, ideología con la cual opera el poder y con la cual aparenta.

La ideología multicultural emitida y aplicada desde el poder y desde el Estado no ha dejado de ser racista y opresora, carácter que se esconde en discursos y políticas aparentemente progresistas. En el mejor de los casos, con discursos referidos a la diversidad, discursiva y legalmente se reconocen derechos que apuntarían hacia la igualdad; y se reconocen y aplican siempre y cuando sus concreciones se limiten al ámbito de la cultura o al ámbito interno de las comunidades y pueblos indígenas, siempre y cuando permanezcan asépticos en su crítica, y no trasciendan a demandas o reivindicaciones sociopolíticas, por ejemplo; es decir cuando no trasciendan a aquellas demandas ligadas a derechos sobre el territorio, a decisiones colectivas de interés estratégico, a la búsqueda de representación a través de las autoridades propias, etc., siempre y cuando no se conviertan en procesos de oposición a las formas de acumulación de capital: como la explotación minera.

El discurso multicultural, las estrategias y políticas que emanan desde el poder (Q’anil desde el CACIF; FODIGUA, CODISRA, etc. desde el Estado) no buscan evidentemente transformar el sistema social. Funcionan para que las expresiones políticas de la población, movimiento o pueblos indígenas, entren al sistema, como supuestos pares, pero en ámbitos institucionales y de decisiones menores y marginales. Es decir, estamos hablando no de hacer posible un programa político que de efectiva vigencia a los derechos de los pueblos indígenas, que resuelva sus problemas históricos y les asuma como sujetos en la toma de decisiones fundamentales, sino de asimilarlos al régimen vigente, siempre en situación de subordinación. Es aquí donde se explica el por qué se toleran inclusive algunas acciones afirmativas, apartados institucionales indígenas, algunos liderazgos indígenas sobresalientes, los cuales incluso son dotados de privilegios para compensar la opresión padecida por sus antepasados y para que los oprimidos y marginados sientan –ilusoriamente- que están siendo representados.

Esta ideología multicultural portada por el poder, entonces, resulta en un recurso para la asimilación, que integra –con tolerancia- a segmentos del liderazgo indígena, de la cultura indígena, a los mecanismos, políticas y cuerpo administrativo del poder estatal, mientras se siguen aplicando políticas que en esencia atentan contra la reproducción social de los pueblos indígenas. En el juego discursivo, la ideología multicultural acompaña la publicidad de la política multicultural e intercultural supuestamente democrática.

La ideología multicultural desde el poder, entonces, opera para evidenciar cambios superfluos, para que no cambie nada, en particular la explotación que padece la mayoría de la población indígena y la exclusión y marginación con tinte racista que impide la participación plena de sujetos colectivos como los pueblos indígenas.
Adicionalmente, es necesario situar la ideología multicultural emitida y convertida en política pública por el poder, en el marco del neoliberalismo y del liberalismo político, ambos estructuralmente contrarios a abrirle posibilidades reales al reconocimiento concreto de derechos colectivos. El carácter no vinculante de las consultas ciudadanas comunitarias en torno a la minería y el proceso y resultado electoral son evidencia de esto.

Complementariamente a lo anterior, toda ideología puede ser sinónimo de dogma y, en tanto tal, puede también convertirse en el marco analítico y interpretativo de la realidad y, a partir de ahí, en lo que rige una práctica social y política determinada. En este sentido, en el contexto guatemalteco nos encontramos con otra ideología multicultural, una ideología multicultural que ve en la dominación étnica el punto y final de la concepción, el discurso y la acción política. De ahí surgen análisis que encuadran la realidad, culturizándola o etnizándola.

Esta ideología multicultural en particular, genera una visión del Otro o de lo Otro (de la otredad, del no indígena o del indígena según corresponda) en la cual se le homogeneiza tal y como el Estado y el poder lo hicieron y lo pretenden seguir haciendo. Un ejemplo de esto es el planteamiento en torno al Estado ladino como cosificación étnica y estrecha del Estado y su carácter como institucionalidad, como normatividad, como instrumento de clase y dominio, etc. Una vez identificado el Estado como ladino, se obvian dimensiones fundamentales para entender y transformar el mismo. Esto se enmarca en lo planteado por Bastos y Cumes cuando se afirma que “Una de las consecuencias a las que puede llevar la visión multicultural de la realidad social es la de considerar a los sujetos y colectivos sólo definidos por su dimensión étnica; y esta dimensión sólo definida por elementos culturales.”[4] Es decir, se define y se asume al Otro (el “ladino”), que al igual que el YO colectivo (el “indígena”), son complejos y heterogéneos a su interior.

Desde esa visión del Yo y el Otro, esta ideología multicultural, en tanto opera a partir de ver la sociedad, la economía y la política exclusivamente desde el lente étnico-cultural, genera fragmentación social, fragmentación temático sectorial, que impide procesos de articulación basada en otros contenidos igual o mayormente importantes para resolver inclusive la condición en que subsisten las clases sociales subordinadas y, como parte de éstas, la mayoría de quienes forman parte de los pueblos indígenas. Es decir, es generadora de discursos y prácticas que generan desarticulación y división social, indeseable si se piensa en un proyecto de transformación social.

Estas dos ideologías de lo multicultural, emitidas y aplicadas por el poder y por actores supuestamente propulsores de cambios, se convierten en reproductoras de la hegemonía históricamente implementada en tanto generan prácticas y estrategias legitimadoras -al final de cuentas- de lo establecido.

Valga citar en este caso la lógica que opera en el proceso electoral. Desde los partidos políticos se asume el discurso multicultural, se integran liderazgos indígenas a los partidos y planillas. En general se aplica una política clientelar hacia la población indígena, para lograr la venia de su voto. Pero también, desde buena parte de la población indígena se opera, aunque en condiciones asimétricas, con esta misma lógica: se utiliza el discurso étnico, se potencia al liderazgo indígena y se oferta el voto a cambio de proyectos y recursos, desde los más necesarios hasta los más superfluos. Es decir, clientelismo político multicultural.

En el marco y contexto de estas ideologías multiculturales, lo maya suele operar como matriz para interpretar y desarrollar una práctica determinada y como contenido legitimador de lo establecido. Lo maya, en este sentido –se afirma- no es de derecha ni de izquierda. Ser maya o ser sacerdote maya puede resultar en “capital político” del presidenciable, en el marco de una lógica reproductora del régimen político. Es la ideología multicultural, entonces, operando para refuncionalizar un sistema caduco de partidos políticos y una democracia en franco cuestionamiento.

Estas ideologías multiculturales, sustentadas en la identidad étnica o en la política multicultural o intercultural, se convierten en factores de movilización política de intereses y proyectos contrarios a los que podrían beneficiar a los pueblos indígenas, pero coincidentes –aunque se sea radicalmente contrario al Estado ladino- con los intereses particulares de los portadores u operadores de esta ideología multicultural, cuya orientación evidentemente es liberal: la orientación de ocupar espacios, de exigir cuotas de participación en los partidos, más ministros o funcionarios indígenas, posicionar candidatos, entre otras manifestaciones, discursos y demandas, son útiles para gestionar posiciones políticas de liderazgos con nombre y apellido (de los “los mayas autorizados” por ejemplo), que en poco o nada se relacionan con el interés colectivo de los pueblos indígenas como la máxima expresión colectiva de uno de los sujetos de la multiculturalidad. Ser maya, en esta lógica, se usa para insertarse en la política, entendida aquí como política y cultura política dominante –por un lado- y política opresora en esencia de la diversidad en su dimensión del principal sujeto colectivo: el pueblo indígena.

Así, la integración de indígenas al poder está significando, en síntesis, la posibilidad de ascenso social y político de individuos y, a lo sumo, de familias y segmentos minoritarios; pero no constituyen progresos en términos de los derechos colectivos y mucho menos de solución a los graves e históricos problemas que aquejan a los pueblos indígenas. En tanto, esta ideología multicultural que le acompaña resulta, como afirma Sergio Mendizábal y con quien estoy de acuerdo, en colaboracionismo/diversionismo ideológico en el esfuerzo por repensar estructural e históricamente la constitución del Sujeto Étnico y el Estado Nación.[5]

Evidentemente, estas ideologías multiculturales constituyen un recurso para la participación política de determinados liderazgos étnicos, pero en el marco de un proyecto político de las elites históricamente dominantes, configurándose y configurando una reinvención de la Nación y del Estado viejos, en donde dichas elites siguen siendo capaces de generar ideología, de pensar y generar mecanismos que reproducen el sistema y su condición de dominantes como clase social y como configuraciones socioculturales con identidades étnicas excluyentes de lo indígena, de los pueblos indígenas. El discurso multicultural, en este marco, resulta un recurso para obviar la necesidad de transformaciones estructurales, especialmente porque no se reconocen plenamente los derechos colectivos de los pueblos indígenas y no se instituyen políticas que tiendan hacia la erradicación de la pobreza y la exclusión. Es más, mientras el capitalismo –salvaje o moderado- amenace la subsistencia de los pueblos indígenas, las políticas multiculturales continuarán siendo diversionistas y propias de la histórica gerencia étnica que las elites nacionales hacen de la diversidad. Y quienes se inserten en este marco, con este tipo de ideologías multiculturales, pueden ser ubicados como simples intermediarios étnicos parasistémicos

Ideología multicultural contra-hegemónica

Existe una o varias ideologías multiculturales como sustento de resistencias y potenciales ofensivas transformadoras. Y es que, por ejemplo, el concepto de pueblo indígena, constituye una idea fuerza para la resistencia ante la globalización (como expresión específica de esta fase del imperialismo capitalista) y el neoliberalismo (como ideología que fundamenta las modalidades contemporáneas de acumulación salvaje de capital).

Esto lo observamos en el caso de Totonicapán, cuyo pueblo representado en sus autoridades municipales y comunitarias y en las comunidades como actores colectivos, lograron en el 2005 que el Congreso de la República diera marcha atrás y engavetara la Ley General de Aguas. Lo observamos asimismo en el caso de las Consultas Ciudadanas en torno a proyectos hidroeléctricos y de minería a cielo abierto que, además de constituir expresiones ciudadanas en el ejercicio de una forma de democracia directa, concretizan la participación colectiva de organizaciones, comunidades y pueblos indígenas[6]. Ambos casos reflejan contradicciones entre el sistema político jurídicamente establecido por el Estado y el sistema político propio de las comunidades y pueblos indígenas que operan a través de su propia normatividad, formas de organización, autoridad, representación, consulta y toma de decisiones. Ambos casos reflejan la contradicción entre Pueblos Indígenas y Estado. Pero no solamente. También reflejan la contradicción entre capital y trabajo que en concreto enfrenta al capital nacional y trasnacional en su intento por ampliar y profundizar sus fuentes de acumulación de capital en territorios indígena, en desmedro y enfrentando a colectividades sociales cuya característica socioeconómica se liga a ser parte de la histórica clase campesina.

En estos casos, la ideología multicultural se expresa como retoma del discurso étnico ligado a los derechos colectivos, derechos históricos, la cultura propia, la identidad, a los convenios y leyes que abordan su carácter étnico y que apuntalan formalmente sus derechos. Pero también, una ideología multicultural que se expresa ligada a discursos de clase social, de la ruralidad, de la pobreza. Una ideología multicultural que se constituye en potenciadota de procesos locales y regionales de resistencia, más ligada a la dimensión de pueblo indígena, no ya a la dimensión de movimiento o población (o individuo) indígena.

Para terminar, quisiera afirmar que la ideología multicultural - en lo cual coincido con Bastos y Cumes- cuestiona el monoculturalismo, propone el reconocimiento de la diversidad identitaria y cultural en el marco del Estado nacional, busca que la diferencia étnica no conlleve desigualdad, y que la garantía de derechos se de en situaciones de diversidad. En este sentido, habría que ser críticos severos, igualmente, de aquellas corrientes de pensamiento que niegan la diferencia, que evaden y niegan la posibilidad de concebir la nación a partir de la diversidad o de construir un Estado que corresponda en el componente humano diverso que lo compone.

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[1] Bastos, Santiago y Cumes, Aura (Coord). Mayanización y vida cotidiana. La ideología multicultural en la sociedad guatemalteca. Vol 1, Introducción y análisis generales / Santiago Bastos y Aura Cumes, coordinadores. Guatemala: FLACSO CIRMA Cholsamaj, Guatemala 2007. p 25.

[2] Héctor Díaz-Polanco analiza la estrategia de la etnofagia como la nueva modalidad del sistema, que en el contexto del capitalismo salvaje e imperialista, constituye un sustituto de las políticas etnocidas que les resultan inconvenientes. La etnofagia, entonces, se caracteriza –entre otros aspectos- por un conjunto de “sutiles fuerzas disolventes” que forman parte de un proyecto de largo plazo que apuesta a absorber, asimilar, devorar, disolver gradualmente mediante la atracción, la seducción y la transformación, a los grupos diversos y sus identidades. Para ello el poder manifiesta un supuesto respeto, indiferencia e, incluso, exalta los valores indígenas; el Estado se presenta como el “defensor” de los valores étnicos, procurando que miembros de los grupos o pueblos se constituyan, por propia voluntad, en agentes o promotores de la integración, como ideólogos y agentes de las nuevas prácticas indigenistas. (Días-Polanco, Héctor. Elogio de la Diversidad. Globalización, multiculturalismo y etnofagia. Siglo XXI, México, 2006. p 160-161)

[3] Bastos y Cumes, Op Cit, p 25.

[4] Bastos y Cumes, Op Cit, p 29.

[5] Mendizábal, Sergio. Interculturalidad Democrática. La discusión sobre el Estado, Nación, Sujetos Sociales, Etnicidad y Praxis. Mimeo, s/d.

[6] Ver entre otros, Cuellar Betancourt, Raúl, Ejercicios políticos en el marco de una nueva ciudadanía. En El Observador, No. 1, Guatemala, 2006; Fonseca, Marco Consultas de Vecinos: transición democrática y Estado Democrático de derecho. En El Observador, Año 1, No. 1 y 3, Guatemala. (2006)

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